Todavía recuerdo aquel lejano abril del 2004, cuando al volver del trabajo escuche por primera vez aquel maullido apagado que salía del interior del motor de mi coche. Para mi sorpresa, habías escogido un pequeño hueco sucio y lleno de grasa para esconderte, huyendo vete tu a saber de que.
En casa fuiste bien acogido (Persi es amigo de todos y Luna..., bueno, ya sabemos todos como es ella).


Ya que llegaste con ese color de difícil descripción, entre gris y crema, más producto de la suciedad que del pelaje natural, decidimos conocerte desde entonces por Gandalf.
Atrás hemos dejado momentos buenos y no tan buenos (aquel maldito 2008 del cual mejor no recordar nada), pero siempre estuviste a nuestro lado alegrándonos la vida.
Han sido siete años de buena y prospera vida, que alguien te definió como gato-perro, expresión a la cual yo añadiría fiel y buen amigo.
Mi buen Gandalf, esta vez no conseguiste cruzar Moria a salvo, el Balrog, en forma de mortal enfermedad acabo contigo en el día de San Francisco de Asís, 4 de octubre, patrón y santo querido por todos los animales, pero siempre formarás parte de nuestro corazón.
Dicen que cuando un amigo se va, algo tuyo desaparece con él, yo añado que contigo, nuestra mascota, también se fue parte de mi.
Antiguamente, en algunas batallas, al final del día sonaban las trompetas con una música similar a una tranquila nana, indicando a los guerreros que la noche era placida y podían descansar tranquilos. Suenen ahora las trompetas para ti, mi buen Gandalf, y descansa en paz, siempre estarás con nosotros, en nuestros recuerdos y en nuestro corazón.


Mis respetos y descansa en paz, viejo amigo.

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